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La Orden del Temple en la historia
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Orígenes de la Orden del Temple |
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En el siglo XI se pusieron de moda las peregrinaciones a
lugares sagrados, especialmente a Roma, a Santiago de Compostela y a
los Santos Lugares donde transcurrieron la vida, pasión y muerte de
Jesucristo. La más alta meta de un peregrino consistía en viajar a
Jerusalén para postrarse en el santuario que albergaba el Santo
Sepulcro.
Tierra Santa estaba bajo el dominio de los califas
abbasíes de Bagdad. Éstos, aunque profesaban la religión islámica,
no tenían inconveniente en respetar y favorecer las peregrinaciones
cristianas a sus posesiones. Ya que, los visitantes les
proporcionaban saneados ingresos. Pero, mediado el siglo, los
belicosos e intolerantes turcos selyúcidas se apoderaron de toda la
región.
Rescatar Tierra Santa de los infieles y restablecer
la seguridad en las rutas de peregrinación fue una excusa. Las
verdaderas causas de las cruzadas son sociales, políticas y
económicas. El factor religioso fue simplemente un pretexto para
arrastrar a la guerra santa a una muchedumbre de personas de toda
condición social que se sintió fascinada por la empresa de ganar
para la fe de Cristo los Santos Lugares.
El 18 de noviembre
de 1095 comenzaron las sesiones del concilio que el papa Urbano II
había convocado en Clermont (Francia). El papa prometió remisión de
todos los pecados a aquellos que se alistaran en una peregrinación
armada para rescatar de manos infieles los Santos Lugares. El
concilio sancionó la cruzada. Los peregrinos cosían sobre el hombro
derecho de sus mantos o túnicas el distintivo de una cruz de trapo
rojo. Por este motivo se les llamó cruzados y a las expediciones que
los condujeron a Oriente, cruzadas.
El 15 de julio de 1099,
tres años después de la partida, los cruzados alcanzaban su
principal objetivo: se adueñaban, de la ciudad sagrada de Jerusalén.
Fue parcialmente repoblada y se convirtió en capital de un reino
cristiano de estructura feudal similar al francés. Con la conquista
de Jerusalén quedaba expedito el camino tradicionalmente seguido por
los peregrinos y penitentes que acudían a adorar el Santo Sepulcro.
Quedaba también abierta la rica ruta de
mercaderías.
El dominio cristiano sobre los Santos Lugares
resultó muy precario. La estrecha franja de terreno rodeada por un
océano de musulmanes hostiles, por diversos factores fue mantenida
por la Cristiandad, entre estos factores se puede destacar que según
los historiadores se reconocen hasta ocho cruzadas.
Los
cristianos se mantuvieron en Tierra Santa solamente gracias al
esfuerzo de las órdenes monásticas creadas expresamente para
combatir, principalmente los hospitalarios, los templarios y los
teutónicos.
El rey de Jerusalén, acuciado por los
innumerables problemas de su reino, no estaba en condiciones de
afrontar las labores de policía que la situación reclamaba. En 1115,
un piadoso caballero francés llamado Hugo de Payens y su compañero
Godofredo de Saint-Adhemar, flamenco, concibieron el proyecto de
fundar una orden monástica consagrada a la custodia de los
peregrinos y a la guarda de los inciertos caminos del reino, la
orden de los pobres soldados de Cristo.
Los primeros efectivos de la orden fueron siete caballeros
franceses. El grupo había jurado, ante el patriarca de Jerusalén,
los votos monásticos de castidad, pobreza y obediencia, y el rey de
Jerusalén, Balduino II, les había concedido cuarteles en las
mezquitas de Koubet al-Sakhara y Koubet al-Aksa, situadas sobre el
solar del antiguo Templo de Salomón. Por este motivo la orden se
llamaría, con el tiempo, Orden del Temple y sus miembros
"templarios". A los pocos años de la fundación de su Orden, Hugo
de Payens se planteó la necesidad de ampliarla y consolidarla
otorgándole unos estatutos. En otoño de 1127 regresó a Europa con
cartas de recomendación del rey Balduino II.
La incipiente
Orden despertó el entusiasmo de uno de los eclesiásticos más
prestigiosos de la Cristiandad, San Bernardo de Claraval, el
reformador del Cister. Para San Bernardo, "los templarios pueden
librar los combates del Señor y pueden estar seguros de que son los
soldados de Cristo..."
La misión de Hugo de Payens en
Occidente constituyó un éxito. Después de la calurosa aprobación de
su Orden en el concilio de Troyes fue reclutando gran cantidad de
caballeros.
Los efectivos humanos del Temple crecieron y fueron
determinando una jerarquización de categorías y una especialización
en los oficios. Los caballeros profesos constituían una minoría
selecta. El resto de la Orden estaba compuesto por capellanes,
hermanos de oficio, sargentos de armas, artesanos, visitadores e
incluso asociados temporales. A la cabeza de todos ellos estaba la
autoridad superior del gran maestre, elegido por concilio general en
la casa madre de Tierra Santa. En 1118 pronunciaron sus votos de
pobreza, castidad y obediencia ante el Patriarca de Jerusalén los
nueve caballeros enviados a Tierra Santa con la misión de proteger a
los peregrinos llegados de Europa.
El rey Balduino les
concedió los primeros bienes materiales y su primer lugar de
residencia, una parte de su palacio pegado al Templo de Salomón y
Al-Aqsa; los primeros templarios establecían su templo en el Monte
Moria (en el Domo de la Roca o Mezquita de Omar), de donde basaron
su nombre: "Templarii milites" fratres templi, pauperes commilitones
Christi templique salomonici".
Estos nueve fundadores eran:
Hugo de Payns Godofredo de Saint-Omer Godofredo
Bisol Payén de Montdidier Archembaud de Saint
Aignant Andrés de Montbard Gondemar Hugo de
Champagne Jacques de Rossal
Es evidente que Bernardo de Claraval no envió a Hugo de Payns, ni
a su tío Andrés de Montbard, para que custodiaran los caminos. Ésta
tampoco era la razón para la que Eustaquio de Bolonia y Hugo de
Champagne abandonaran todo y se reunieran con los nueve caballeros
en el templo de Salomón.
Durante los años 1118 y 1128 no
tomaron parte en batalla alguna...
Por más que apremiara el
peligro, ellos se abstenían de tomar parte en combate alguno,
seguían solos y no reclutaron a nadie en absoluto.
Sin
embargo seguían ocupando el emplazamiento del templo de Salomón. Y
lo que hicieron fue descombrar las caballerizas
subterráneas.
Este misterio tiene una sola clave: los nueve
caballeros no llegaron sólo para proteger a los peregrinos, sino
también para encontrar, guardar y llevarse algo particularmente
importante, particularmente sagrado que se encontraba en el
emplazamiento del templo de Salomón: el arca de la Alianza y las
tablas de la Ley.
Se cree que las tablas de la Ley son una
"fórmula del Universo" y que estas tablas, sacadas de Egipto,
estaban en poder de los constructores de catedrales.
El Santo
Grial ha sido considerado siempre como la "copa del saber", ir a
buscar las tablas de la Ley era precisamente, para los nueve
enviados por San Bernardo, ir a la conquista del Grial.
En el
año 1128, la mayor parte de los nueve caballeros volvieron a la
Champagne. Quedaban en Palestina tres caballeros; poco era para
proteger los caminos... ¿Se había cumplido la misión? ¿Encontraron
el arca? Siendo secreta la misión, también lo eran su éxito o su
fracaso, pero si hubiera constituido un fracaso, ¿hubieran vuelto
tantos?.
Hay una ascensión, un poder extraordinario de la
Orden del Temple que una tradición atribuía precisamente a la
posesión de las tablas de la Ley.
Bernardo de Claraval hizo
convocar el concilio de Troyes, en 1128, para la fundación de una
orden monástica, se le dio una dimensión universal.
En el
concilio, Hugo de Payns expuso su deseo de fundar una orden de
monjes soldados cuyo primer núcleo lo constituirían sus compañeros
del Temple. El concilio accedió y encargó a San Bernardo la
definitiva Regla de la Orden del Temple, con sus setenta y dos
artículos.
En el preámbulo de la Regla se pone de manifiesto
que una primera misión ya se ha cumplido. Y todo el tono era el de
Te Deum de acción de gracias.
La regla que dictó San Bernardo
era monacal y esencialmente cisterciense. A los nueve caballeros se
les impuso el hábito de color blanco para los caballeros, y negro
para los mandos inferiores y los escuderos. La cruz roja, que
figuraría en el hombro derecho, la concedería el papa Eugenio III,
en 1145.
A partir de aquí se produce una auténtica eclosión
que proyecta a la Orden del Temple por toda Europa y Palestina de
una forma imparable. El reclutamiento se inició enseguida. Hugo de
Payns llegó a Inglaterra reclutando para Jerusalén. Y fueron muchos
los que tomaron la cruz y se pusieron en camino hacia Tierra Santa.
Godofredo de Saint-Omer recorrió la región de Flandes.
En
1130 Hugo de Payns entró en Jerusalén con un verdadero ejército
reclutado en Occidente.
Los soldados y las donaciones seguían afluyendo. Se había
desencadenado la pasión por la caballería monacal. La Orden se
volvió rica, por no decir riquísima: en oriente, a causa del botín
de las armas. En occidente, por las donaciones que fluían de todas
partes. Se calcula que, hacia 1270, los templarios poseían, en
Francia, cerca de un millar de encomiendas, así como innumerables
granjas. En 1307 es posible que doblaran el número de
posesiones. A pesar de su unidad, la Orden se dividió en dos
sistemas diferentes de organización: milicia y encomiendas, es decir
oriente y occidente. En oriente, la Orden era un ejército preparado
para el combate; en occidente, una organización monacal cuyos
miembros iban armados aunque sólo para defenderse. No participaron
nunca en ninguna batalla ni guerra, en occidente, salvo contra los
musulmanes en España y Portugal.
En 1147, el Gran Maestre de
la Orden, Everardo de Barré, une sus templarios al eje del rey Luis,
para atacar Damasco. En 1158 vemos una maduración en la toma de
decisiones por parte del Temple al negarse al ataque de Egipto, por
ser una misión altamente arriesgada e insegura.
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Organización del Temple |
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Existieron dos categorías de templarios: los monjes y los
laicos, o semilaicos, que vivían bajo una regla monacal o, por lo
menos, militar. El cuerpo de monjes caballeros fue lo que
constituyó y siguió constituyendo el núcleo de la
Orden.
Todos los aspirantes habían de pasar por un noviciado
explícitamente impuesto por la regla, y de una duración variable,
según el criterio de los maestros. Ello implicaba categóricamente
que habían de someterse a un ritual iniciático.
Parece ser
que a los caballeros del Temple destinados a la milicia, se les
exigía que fueran nobles, nacidos en cuna de buena familia y no
bastardos. Éstos servían a la Orden del Temple como una especie de
hermanos legos, sea por un tiempo determinado, sea de por vida. No
pronunciaban los votos, sino guardaban promesas de obediencia, de no
poseer nada en propiedad, de respetar los buenos usos y costumbres
de la casa, guardar la Tierra Santa y, "no estar jamás en un lugar
en el que un cristiano se viera oprimido por sinrazón o desatino,
por su fuerza ni por su consejo".
Caballeros monjes y
caballeros laicos prestaban su servicio bajo un mismo hábito sin que
nada pudiera distinguirlos; combatían juntos, comían juntos (una
sola escudilla para cada dos), mismas armas, etc.
De esta
forma se manifiesta la dualidad sobre la que se edificó toda la organización del
Temple.
Además de los caballeros, la Orden poseía un cuerpo
de mandos ("sargentos") constituido por no nobles que servían en el
Temple. Sin embargo, no se excluye que un sargento pudiera llegar a
novicio y después a caballero monje. Combatían a caballo al igual
que los caballeros. La mayor parte de los administradores de la
orden eran sargentos con el título de comendador.
La regla
del Temple ordenaba dos tipos de hábito según la categoría: capa
blanca para los caballeros y capa parda para los
sargentos.
En cuanto a la cruz, parece ser que no existía una
cruz, sino diversas cruces. La cruz templaria que se encuentra en
los escudos de armas de los grandes maestres y en los sellos, es un
signo derivado de la cruz celta, geométricamente compuesta por
líneas curvas aunque a veces trazada con ángulos
vivos.
Originalmente la cruz se llevaba en el hombro derecho,
en los últimos tiempos de la Orden, y según los reglamentos de la
época, la cruz la llevaban en el pecho y en la espalda los
caballeros, los sargentos y los capellanes. No implica que no se
llevase la cruz en el hombro derecho en la capa.
El Temple se dividía en dos clases:
Clase I Clase II
------------------------------------------------------------------------------------------ Capellanes
Sargentos de servicio doméstico Caballeros monjes Siervos de
explotación de las tierras Caballeros seculares Sargentos de
armas Hermanos de
oficio ------------------------------------------------------------------------------------------
Siempre una división binaria.
Se desplazaban al igual que los militares de una encomienda a
otra según las necesidades del servicio. Y también al igual que los
militares, podían ser enviados a Tierra Santa y obedecían a una
disciplina general.
Los siervos y las explotaciones de cada
territorio constituían la "mesnía", trabajadores, capataces y
siervos, con una organización variable según las regiones y sus
costumbres.
En sus orígenes, la Orden había sido dividida en dos partes
que se imbricaban constantemente aunque permanecían distintas:
oriente y occidente. En oriente, el temple era un ejército en
campaña. En occidente constituía un factor de civilización y
pacificación.
La unidad dentro de la Orden jamás se quebró,
cosa debida a los núcleos de monjes iniciados del cual formaban
parte el Gran Maestre, los Visitadores y los Maestres Regionales que
ordenaban la política general y velaban por el mantenimiento de la
regla y la disciplina.
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Composición de la Casa del Gran
Maestre |
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Gran Maestre Representante
de Dios en la religión del Temple. Abad general de la Orden y
Comandante supremo. Disponía de cuatro caballos de marcha y de un
corcel de batalla, animal de gran valor llamado
turcomano.
Senescal Jefe del
estado mayor.
Mariscal Responsable de las armas y los
caballos.
Dos Caballeros de Noble
Rango Capitanes de estado mayor.
Hermano Capellán
Un Clérigo con tres caballos
"correo".
Hermano Sargento
Escribano
sarraceno intérprete.
Siervos turcople (soldado indígena),
herrero, cocinero, dos mozos de a pie.
El estandarte de la
Orden, llamado Bausán, mitad blanco y mitad negro. En la batalla, el
estandarte era como el pabellón almirante. En el campamento, el
pabellón se desplegaba sobre la tienda del maestre. Es posible que
el campo partido del estandarte, en blanco y negro (sable y plata),
tuviera una significación esotérica. El Bausán ante todo era una
bandera de combate que ubicaba al capitán.
No se sabe muy
bien cómo estaba compuesto el Capí. Parece ser que estaba formado
por los altos dignatarios y algunos capellanes que eran llamados a
Palestina para la ocasión. El Capítulo elegía el Gran Maestre.
La célula básica de toda la organización templaria en
occidente fue la encomienda, administrada por un comendador. Las
encomiendas fueron granjas con cierto aire militar y un tipo de
construcción propia del Temple. Con frecuencia, fuera de los
muros existía un hospital y una leprosería.
La reunión de
diversas encomiendas formaba una bailía. En las bailías era donde se
reunían los capítulos regionales y donde eran recibidos los nuevos
miembros. Por su parte, las bailías se articulaban bajo la dirección
de casas provinciales. Y la unión de diversas casas provinciales
formaba una provincia. Existieron nueve provincias: tres simples y
seis dobles: Portugal, Aragón, Mallorca y Castilla-León; Francia y
Aubernia; Inglaterra e Irlanda; Alemania y Hungría; ambas Italias,
alta y baja; Pouille y Sicilia.
Las provincias simples se
encontraban en contacto con los musulmanes. No sólo las bailías,
también cada encomienda tenía su casa hermana. Se trata de la
aplicación de una filosofía dualista de la existencia y la acción;
cada par de caballeros, encomiendas y bailías representarían los dos
aspectos de una misma cosa.
¿Pero esta dualidad no es la
misma de la construcción gótica, cuyo arco sólo se mantiene por la
fuerza de dos arbotantes opuestos y enfrentados?.
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Símbolos y Secretos |
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Los templarios fueron grandes maestros en el arte de la
criptografía, un alfabeto secreto que se supone que utilizaban en
sus transacciones mercantiles y documentos secretos. Las letras de
este alfabeto particular estaban representadas con arreglo a ángulos
y puntos determinados por la cruz y podían ser leídos mediante un
medallón que portaban algunos caballeros.
En el templo de
Jerusalén, donde instalaron su primera casa, encontrarían el Arca de
la Alianza y las Tablas de la Ley, donde se codificaban los
conocimientos transmitidos por los egipcios a Moisés. Con este
bagaje, los templarios pudieron ser los artífices secretos del
renacimiento cultural que se observa en la Cristiandad del siglo
XIII, los impulsores de las catedrales góticas por toda Europa, y
los precolombinos descubridores de América.
Hay una teoría
por la cual el Gran Maestre de la Orden estaba "doblado" por un gran
maestre oculto, un secreto gran maestre de la Orden, que no habría
sido elegido sino designado testamentariamente por el gran maestre
oculto precedente; este gran maestre sería el gran iniciado y el
director real del Temple.
El Bafometo
El Bafometo se utilizó como argumento para condenar a los
templarios, pero no se sabe su significado con exactitud, ni su
origen, ni su función ritual. El supuesto ídolo era guardado en una
alacena, y, de acuerdo con las descripciones que se ofrecen era diferente según cada
lugar.
Se habla de una cabeza o busto que tendría la forma
del andrógino, y al que veneraban los hermanos de la Orden. Para la
mayor parte, se trataba del busto de un hombre barbudo, a veces
bifronte y hasta trifronte, de madera o metal y con los ojos muy
brillantes.
Posiblemente el símbolo hacía referencia al
hermetismo alquímico, y representaría la unión del azufre y el
mercurio filosofal, considerados como los elementos macho y hembra
en la consecución de la Gran Obra.
Con toda seguridad es el
"ídolo" al cual ceñían el cordón, se utilizaba como cinturón en los
hábitos de casi todas las ordenes monásticas y estaba relacionado
con el voto de castidad, o por lo menos lo tocaban con él.
La Alquimia
Durante siglos circuló la especie de
que los templarios practicaban la alquimia y que habían descubierto
la piedra filosofal.
El ideal de la alquimia, que es una
ciencia esencialmente religiosa, está muy por encima de la obtención
de unas onzas de oro. En Oriente los templarios sólo pudieron
adquirir aquella ciencia a través de los sufíes persas quienes a su
vez parece que la habían adquirido de los documentos egipcios y, sin
duda, de la famosa biblioteca de Alejandría antes de que Omar la
incendiara.
En numerosos detalles arquitectónicos y
relieves se encuentran símbolos que indican prácticas alquímicas por
parte de la Orden.
Los números y la arquitectura
La tradición esotérica enseña que el número está en el principio
del Ser sobre el triple plan divino, natural y humano. El tres, el
símbolo del misterio o la Trinidad, era el número templario, y el
triángulo la figura geométrica base de sus construcciones. El tres o el nueve está presente en
rituales de iniciación y en sus actuaciones cotidianas. Los números
simbólicos se encuentran también en todas las construcciones
templarias. Por ejemplo en la iglesia del templo en París, la casa
central de la Orden. La rotonda básica de la construcción se genera
por triángulos equiláteros de sentidos opuestos que forman una
estrella de seis puntas que se relaciona con el sello de
Salomón. Para actuar sobre el pueblo, obra civilizadora, era
necesario un instrumento nuevo. El gótico apareció al tiempo del
regreso de los nueve primeros caballeros. Los templarios,
alquimistas, levantaron la catedral "a mayor gloria de tu nombre,
Señor".
Los constructores, y con mayor razón los
proyectistas, habían de poseer algún documento científico de una
calidad excepcional; por lógica, aquel documento no podía ser otro
que las tablas de la Ley traídas por los nueve caballeros del
Temple.
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Las campañas militares de la Orden en
España |
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La Orden del Temple no sólo hizo la guerra a los infieles
para mantener abiertas y seguras las rutas de peregrinación a Tierra
Santa. También son numerosos los conflictos armados que sostuvo
contra otras órdenes de caballería y poderosos señores feudales.
¿Obedecieron estos enfrentamientos exclusivamente a intereses
materiales, extraños al ideal espiritual de los legendarios
caballeros, o existieron razones secretas de otra índole muy
distinta para explicar esta actitud belicosa contra otros
cristianos?
Sólo en raras ocasiones los templarios combatieron contra
los cristianos por razones políticas. Sin embargo, fueron numerosas
las veces que la Orden se disculpó ante reyes y nobles, precisamente
por la violación de la norma de su Regla que les impedía alzar la
espada contra otros cristianos. Ello les supuso no pocos roces con
los gobernantes de la época, suavizados apenas por su constante
disponibilidad como mediadores en estos conflictos feudales, en los
cuales se revelaron como hábiles diplomáticos. Si nos limitamos tan
sólo a los reinos hispánicos del medievo, contamos con tres ejemplos
de la violenta defensa templaria de sus intereses en el siglo
XIII. El primero, en el reino de Castilla, tiene complejos
orígenes. En 1195, ante el avance musulmán, la Orden de Alcántara
abandonó sin lucha la defensa de Trujillo (Cáceres). Por esta
deserción el rey, Alfonso VIII, les quitó varias posesiones; entre
ellas el castillo de Ronda (Toledo), que dio a la Orden de
Montegaudio. Pero al año siguiente esta pequeña orden fue anexionada
al Temple y, aunque una fracción se opuso, los templarios tomaron
posesión, por la fuerza, de granjas, castillos, etc. Entre éstos el
nombrado de Ronda, aunque para complicar más el asunto el rey dio
gran parte del pueblo y sus tierras a la Orden de
Calatrava.
Curiosamente, en 1221, la citada facción de
Montegaudio fue obligada a integrarse en la de Calatrava. Nuevamente
una parte se rebeló contra la fusión, se encerró en sus posesiones y
las entregó a los templarios, alegando aceptar la anexión previa que
rechazaron en 1196. Así, el Temple entra en posesión "legal" de
Ronda, que ya poseía manu militari, además del El Carpio de Tajo y
Montalbán. En esta última fundaron una encomienda poderosa por
partida triple: en lo militar, por su castillo; en lo económico, por
los pastos, ganados, colmenas y el paso de barcas del Tajo; y en lo
espiritual, por los célebres santuarios de las Vírgenes Negras de
Melque, Novés y Ronda, además de la capilla y fuente milagrosa de
San Millán, un donado templario que la leyenda considera hijo de San
Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, patronos templarios de
Madrid.
Tanta riqueza, acrecentada con la buena
administración del Temple en un lugar estratégicamente enclavado en
el camino de Aragón y Extremadura, hizo que los de Alcántara
presentasen, en 1237, una demanda ante el Rey y el Papa por lo que
consideraban una ocupación ilegítima.
En 1240 el tribunal
delegado dictó sentencia dando la razón a los de Alcántara en lo
relativo a Ronda y determinando que el Temple debía entregarles la
posesión de inmediato. No obstante, cuando los primeros se
presentaron en Ronda para ocupar legalmente ese dominio, una fuerte
tropa templaria, mandada por los caballeros fray Miguel de Navarro y
fray Pelayo Muñiz, les hicieron frente. Los del Temple se habían
reforzado con mercenarios musulmanes, los "turcoples", que ayudaron
a poner en fuga a las tropas de Alcántara causándoles numerosas
bajas. Enfurecidos por la humillante derrota ante tales mercenarios,
los alcantarinos se dirigieron hacia la granja templaria de Melque,
que saquearon e incendiaron en un audaz golpe de
mano.
Avisada la tropa de Ronda, por la guarnición de
Montalbán, persiguió a los saqueadores, los alcanzó junto al
castillo de Dos Hermanas y, en el arroyo Merlín, les masacró sin
piedad. En los días siguientes estas tropas del Temple recorrieron
las dehesas de Alcántara, incendiando y expoliaron hasta
considerarse vengados por el asalto a Melque.
Los jueces
delegados del pleito se apresuraron a excomulgar al Temple en la
persona de su Maestre, pero la Orden contaba con el apoyo del
arzobispo de Compostela y se limitó a obstruir el proceso con
artimañas jurídicas. A pesar de intervenir el rey Alfonso X y el
papa Alejandro IV, no se llegó a ninguna solución. De modo que el
Temple disfrutó estas posesiones hasta su extinción en
1312.
El segundo ejemplo de enfrentamiento armado entre templarios y
cristianos, parece consecuencia del primero, aunque tuvo lugar en
tierras del antiguo reino de León, en la extremeña región de Coria.
Las posesiones de la Órdenes Militares en Extremadura se habían
convertido en grandes latifundios ganaderos, que generaban enormes
ganancias. Las extensas dehesas alimentaban incontables rebaños
trashumantes, al tiempo que eran lugar de paso de importantes vías
de comunicación Norte-Sur y Este-Oeste, creadas a partir de las
viejas calzadas romanas. La administración de tan fabulosos recursos
creaba constantes disputas entre los Concejos ciudadanos y las
Órdenes, y entre éstas mismas entre sí. Eran continuos los pleitos
por el uso de montes, pastos, caminos, puentes o mercados, aunque no
hay constancia de que hubiese llegado la sangre al río hasta
mediados del siglo XIII.
Ya en 1243, tras el descalabro
sufrido por los alcantarinos en Ronda, intentaron aquéllos impedir
el cobro del "portazgo" templario mediante saqueos, en lugares
próximos al castillo y puente de Alconetar: cañaveral, Garrovillas y
otros. Los daños fueron mínimos y la cosa no pasó a mayores. Sin
embargo, en 1257 la competencia entre Alcántara y el Temple rompió
el frágil equilibrio que había mantenido durante años. La causa
fueron dos impuestos relacionados con los ganados y mercancías. La
encomienda templaria de Alconetar cobraba por el tránsito de ganado
y mercancías: el "portazgo", por atravesar sus puentes, usar sus
barcas y sus caminos particulares, a razón de un tanto por cabeza de
ganado y vehículo.
Los demás hacían lo propio, pero parece
ser que los caminos más transitados habían quedado en manos del
Temple. Además, la Orden restauró entre 1230 y 1257 el puente romano
de Alconetar sobre el Tajo, imprescindible en la Vía de la Plata
(ruta hacia Santiago de Compostela desde el Sur), con lo cual
peregrinos, ganaderos y mercaderes preferían pagarles por cruzar
cómodamente el río antes que hacerlo en las lentas barcas
transbordadoras de los de Alcántara. Ello, junto con la
feria-mercado del pueblo de Alconetar y los peregrinos que acudían a
la capilla del castillo, para venerar la milagrosa y mágica reliquia
del Mantel de la Última Cena, hicieron que la presión se hiciese
insoportable para la Orden de Alcántara.
Escamoteados por los
sucesos de Ronda, los alcantarinos se prepararon a conciencia,
decididos a mermar el poderío de sus competidores y, sin duda,
deseando vengarse de la derrota toledana. El golpe estuvo bien
planeado y se hizo de forma sincronizada. A finales del verano de
1257 atacaron tres lugares fortificados diferentes para impedir que
las respectivas guarniciones pudiesen auxiliarse entre sí. Las
víctimas fueron la aldea de Peñas Rubias y su castillo Bernardo; el
pueblo de Peña Sequeros y su castillo de Nuestra Señora de Sequeros;
y la villa de Benavente, con su castillo de Benavente de La Zarza.
En estos tres lugares localizados entre los ríos Arrago y Erjas, que
hacen frontera natural con Portugal, el ataque fue idéntico: asalto
por sorpresa, sitiando a la guarnición en los castillos, para
saquear a placer las aldeas y las granjas. Los de Alcántara actuaron
con gran crueldad, dieron muerte a numerosos colonos templarios,
incendiaron viviendas y edificios de labor, mataron los animales que
no podían trasladar, talaron las dehesas y saquearon los
graneros.
Cuando la guarnición templaria de Alconetar
contraatacó, tras haberse reforzado con los mercenarios "turcoples",
arrasaron las posesiones alcantarinas, matando también numerosos
peones y algunos caballeros. Además, la tropa templaria que
custodiaba el puente fortificado de Alcántara cortó el paso por
dichas vías para incomunicar a sus enemigos y, de paso, perjudicar a
su comercio.
Aunque en octubre el rey Alfonso X convocó a las partes
ante un tribunal para dirimir el pleito y depurar responsabilidades,
los ánimos se calmaron tan sólo en apariencia. En 1266 los de
Alcántara volvieron a la carga. Estos habían recibido el pueblo de
Zarza la Mayor, pero quisieron obtener una rentabilidad inmediata de
su nueva posesión e impusieron a los pobladores numerosos y elevados
impuestos. La respuesta de los habitantes de Zarza no se hizo
esperar: tomaron sus enseres y animales y se trasladaron en masa al
vecino pueblo de Peñafiel. Allí se ofrecieron a los templarios como
colonos, a cambio de protección y pagando sus cargas, que por
supuesto eran mucho más bajas.
Cuando la desairada Orden
de Alcántara acudió a cobrar se encontró el pueblo abandonado.
Sabido el destino de los desertores, el Maestre aparejó una hueste
guerrera contra la aldea de Peñafiel. A pesar de que la aldea
resultó saqueada e incendiada, los colonos consiguieron salvar sus
vidas.
El tercer y último ejemplo de violencia templaria nos lleva hasta
el reino de Aragón, a las tarraconenses riberas del Ebro y sus
vecinas montañas de Prades. Aquí, los templarios y sus aliados de la
familia Moncada se enfrentaron, durante veinte años, con la poderosa
familia Entenza, en lo que en ciertos momentos se convirtió en
guerra abierta.
Las desavenencias comenzaron en 1279,
precisamente por el pago de impuestos a la barca-transbordadora del
Ebro, que los templarios tenían en Ascó y que hacía la competencia a
la barca que Berenguer de Entenza tenía en Mora de Ebro. El tribunal
real dio la razón al Temple y el señor de Entenza juró odio eterno a
sus enemigos.
A partir de 1281 los Entenza entraban
periódicamente en las tierras templarias saqueando lugares, talando
bosques y huertas, matando o tomando rehenes por los que pedían
rescate. También llegaron con sus incursiones a algunos lugares de
la encomienda de Horta de Sant Joan, donde estaba el santuario
esotérico de la Mare de Deu dels Angels, centro de nutrida
peregrinación por la fama mágico-milagrera de su Virgen Negra. Los
templarios se limitaron a defenderse y a quejarse a la autoridad del
rey, pero no contraatacaron.
En 1289, sin embargo,
demostraron que tanta mansedumbre era sólo una táctica. A primeros
de agosto los Entenza fueron convocados por el rey Alfonso III, para
acudir con sus tropas a guerrear contra el rey de Mallorca Jaime II.
Este era el momento para el que los templarios que sehabían estado
preparando durante años. El Maestre del Temple al frente de cuarenta
caballeros, cinco de ellos Comendadores, y tres mil peones
auxiliados por sus aliados los Moncada que aportaron cincuenta y
cinco caballeros y mil cien peones, entro el 13 de agosto en las
tierras de sus enemigos y puso sitio a la villa de Mora y su
castillo para inmovilizar allí a las pocas tropas que los nobles
habían dejado defendiendo sus tierras. Esta orgía de sangre y fuego
duró un mes.
El Rey se encolerizó al saber tal felonía y
abrió diligencias con vistas a un juicio reparador, aunque la Orden
del Temple se negó a cualquier avenencia. Alegaba haberse limitado a
hacer justicia por los ataques previos de la noble familia feudal a
sus territorios.
Ante estos hechos resulta ineludible plantearse algunas
preguntas: ¿es oro todo lo que reluce?, ¿defendían los templarios
únicamente sus bienes materiales?, ¿acaso en estas guerras que los
enfrentaba con la cristiandad, a la que habían jurado defender, no
subyacía otra intención? No sería legítimo extrapolar las razones
que explican los conflictos de nuestra cultura moderna a otro
contexto cultural tan distinto como el medieval. No podemos dejar a
un lado la realidad de que, en los enclaves que constituyeron los
escenarios de los enfrentamientos reseñados, existían unos lugares
de culto especialmente importantes. Muchos de ellos corresponden a
santuarios con famosas reliquias, objeto de tradiciones y leyendas,
que no sólo eran parte del patrimonio material de la Orden, sino del
espiritual. Con su carga de simbolismo esotérico, estos elementos
resultaban fundamentales para los objetivos trascendentes que
perseguía el Temple. Por eso, es altamente probable que, defendiendo
la posesión de estos lugares que consideraban sagradas fuentes de
poder, estaban salvaguardando las raíces mismas de su razón de
ser.
En el marco de sus disputas con otros cristianos, los templarios
fueron a menudo acusados de traidores por sus cordiales relaciones
con los musulmanes. Es verdad, sin duda, que los legendarios
caballeros mantuvieron una actitud abierta hacia las inquietudes
espirituales del Islam. La Orden no sólo contrató mercenarios
árabes, los "turcoples", sino también siervos para cultivar sus
tierras, artesanos para sus iglesias y fortalezas y, sobre todo,
grupos de intelectuales y estudiosos islámicos cuyas comunidades
protegieron en tierras españolas. Fue especialmente intensa su
relación con los místicos sufíes, cuya espiritualidad era del agrado
del Temple. Los caballeros llegaron incluso a mantener disputas
dialécticas periódicas y orgánicas con estos místicos, en cuyo marco
pudieron entrar fácilmente en la heterodoxia, dada la rígida
ortodoxia totalitaria que promovía la Cristiandad. En las tierras
españolas objeto de litigio con otras órdenes, existieron varios
ribbats (monasterios sufíes), que disfrutaron de la protección del
Temple, otro hecho que respalda la sospecha de que el móvil de los
conflictos reseñados pudiera ser tanto esotérico como
económico.
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Juicio de la Orden del Temple |
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En 1291 los musulmanes conquistaron
San Juan de Acre, última ciudad cristiana de Tierra Santa. La caída
del último bastión cristiano acarreó un cierto desprestigio para las
órdenes militares, particularmente para el Temple. La situación de
los templarios era muy delicada. El Temple había sido fundado
exclusivamente para escoltar a los peregrinos que caminaban desde
Jaffa hasta Jerusalén.
El Gran Maestre de la Orden del
Temple, Jacques de Molay, y el Capítulo General residen en Chipre,
ahora su base más avanzada de cara a Ultramar; esperando la ocasión
para reconquistar Tierra Santa.
En Occidente,
el magno edificio de la Orden parecía sólido a pesar de que la
disciplina y el celo de los hermanos se habían relajado bastante en
los últimos tiempos.
Su debilidad la propiciaba su gran
riqueza, su poderío militar, y su numerosísima lista de propiedades,
pero sobre todo la falta de contenido.
Reinaba en Francia
Felipe el Hermoso. Este hombre inteligente y astuto, ambicioso y
maquiavélico, estaba completamente arruinado. Para mejorar su
situación económica intentó todo: alterar la moneda, limitar los
beneficios de la Iglesia, expoliar a los judíos, exprimir la banca
lombarda, devaluar la moneda...
Se hizo con el control de la
Iglesia al hacerse completamente con el control del que iba a ser el
nuevo Papa, Bertrand de Goth, obispo de Comminges. Nace así un nuevo
Papa, Clemente V, es coronado en Lyón el 15 de noviembre de
1305.
Controlar el poder y los bienes de la Orden del Temple
era difícil pero no imposible, puesto que los templarios estaban
subordinados al Papa y éste lo estaba, virtualmente, a Felipe el
Hermoso desde que accediera a trasladar la Santa Sede a
Avignon. Felipe IV proseguía con sus artimañas; intentó
introducir a uno de sus hijos en la Orden, para que llegase a Gran
Maestre. Intentó fusionar el Temple y el Hospital, Jacques Molay se
opuso al proyecto en un memorándum presentado al Papa, lo que
irritaría profundamente al Rey Felipe, a partir de este momento se
levantó la veda para la caza y captura de la Orden del
Temple.
Clemente V manda venir desde Chipre a Jacques de
Molay, 1306. El Gran Maestre no estuvo a la altura a la que debió
haber estado, no supo calibrar lo cerca que estaba del desastre, y
sin la menor precaución se presenta en París acompañado de algunos
grandes oficiales de la Orden y con una importante remesa de oro y
plata, que constituía una buena parte del tesoro de la
Orden.
Son recibidos fastuosamente por el Rey y enseguida
pide un nuevo préstamo a los templarios que lo conceden
inmediatamente.
Un antiguo templario, Esquin de Floyrac, un
hombre resentido que había sido expulsado de la Orden, fue a Jaime
II de Aragón con horribles denuncias contra los templarios. Como el
aragonés no le concedió el menor crédito, marchó a Francia para
repetir las acusaciones ante los juristas del consejo real. Felipe
el Hermoso y su calculador canciller Guillermo de Nogaret lo
escucharon interesados. No les fue difícil dar con otros antiguos
templarios expulsados de la Orden y dispuestos igualmente a
difamarla.
Los templarios seguían confiados y no se tomaron
medidas de protección, puede decirse que la negligencia de Jacques
de Molay fue criminal y lo hubieron de pagar muy caro el resto de
sus hermanos.
El 14 de septiembre de 1307 circuló la orden de
arrestar y entregar a la Inquisición a todos los templarios de
Francia. En la requisitoria de detención de los templarios se
sugiere a los oficiales del rey la práctica de tortura para que los
reos confesaran dichas acusaciones. El cuestionario del inquisidor
quedó establecido en los siguientes puntos:
- Que renegaban de Cristo y escupían sobre la cruz en la
ceremonia de admisión en la Orden. - Que en esta ceremonia se
intercambiaban besos obscenos. - Que los sacerdotes de la Orden
omitían las palabras de la Consagración. - Que practicaban la
sodomía. - Que adoraban ídolos. - Que se confesaban mutuamente
y que el presidente del capítulo perdonaba los pecados.
La
orden de detención llevaba la requisitoria del inquisidor de
Francia, Guillermo de París, casualmente confesor del
rey.
Los interrogatorios fueron de diferente clase, al Gran
Maestre, y oficiales de la cúpula templaría, se les interrogaba con
sutileza, con diálogo no exento de violencia, a veces con la
tortura.
Para el resto de los templarios el nivel de
aplicación de la tortura fue brutal y sistemático, confesando todo
lo que se pedía, confesiones que fueron extensamente difundidas; los
que prefirieron la muerte al deshonor o no soportaron la tortura,
fueron hechos desaparecer discretamente.
Jacques de Molay
declaró su culpabilidad de todos los cargos presentados y además
accedió hacerlo públicamente; envió cartas a todos los prisioneros
recomendando la confesión. Quedando totalmente traicionados los
templarios prisioneros y sin un apoyo moral para defender su
inocencia.
El concilio de Vienne acordó la suerte de los
templarios procesados. El 18 de marzo de 1314 el Gran Maestre, fue
conducido junto con otros notables de la Orden, al atrio de la
catedral de París. En aquel marco solemne el tribunal dictó
sentencia condenatoria. Jacques de Molay y los otros grandes
dignatarios templarios fueron condenados a cadena perpetua. La
reacción del Maestre, que quizá había negociado una pena liviana a
cambio de sus vergonzosas inculpaciones, fue proclamar que las
herejías imputadas a los templarios eran completamente falsas y que
la Orden del Temple era santa, justa y católica. Aquella misma tarde
Jacques de Molay y otros treinta y seis templarios fueron quemados
en la hoguera, en una isla del Sena.
El papa Clemente V falleció apenas transcurrido un mes de la
muerte del Gran Maestre. Ocho meses más tarde lo seguía a la tumba Felipe
IV el Hermoso. La misma oscura suerte corrió el canciller Nogaret.
Enguerand de Marigny, el siniestro ministro de finanzas del rey,
murió ahorcado al año siguiente. Guillamme de Plaisians murió
también al poco tiempo, sin haber alcanzado la riqueza y los honores
que pensaban. Esquieu Froyrac, el traidor, murió apuñalado. De un
modo u otro todos los actores de este drama desaparecieron del
escenario en cuanto cayó el telón; como si el grito de Molay
pidiendo venganza hubiera sido escuchado en lo más profundo del
Universo.
Las reacciones de los monarcas de las diferentes
provincias templarías fueron muy diversas y en ningún caso se dio el
trato criminal que les dio Felipe IV, muy al contrario, los
templarios no fueron molestados en esos reinos hasta muy avanzado el
proceso en Francia, nadie creía las nauseabundas calumnias del rey
francés.
En Inglaterra los templarios guardaron la pena de
perpetua penitencia, según el Concilio de Londres, la que cumplieron
en la paz e intimidad de los claustros, no hubo la menor
violencia.
En Italia hubo una mayor controversia, se utilizó
tortura, surgieron confesiones; pero los Concilios de Ravena y Pisa
acordaron entender como inocentes a los templarios. En Portugal
los miembros de la extinta Orden del Temple fueron acogidos por el
rey Dionis en una nueva Orden llamada de Cristo que mantiene su
existencia en nuestros días.
En Alemania se organizó el
Sínodo de Maguncia en el que se dictó sentencia absolutoria. Los
templarios alemanes se dispersaron por el mundo, aunque la mayoría
encontraron fraternal acogida en la Orden Teutónica.
En
España según las diferentes zonas hay que distinguir diferentes
sucesos. Jaime II de Aragón cambió de parecer al recibir cartas de
Felipe IV; intentó asumir las posesiones del Temple, encontrando una
clara oposición por parte de los templarios de su reino. En el
Concilio de Tarragona fueron absueltos. En Castilla-León los
templarios pasaron a otras Órdenes Religiosas.
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Grandes Maestres del Temple |
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Nombre Procedencia Mandato
---------------------------------------------------------------------------------------------------------- 1
Hugo de Payns Champaña 1118/19-24 mayo 1136/1137 2 Robert de
Craon Maine (región de Vitré) 1136/37-13 enero 1149 3 Everard
des Barres Champaña (Meaux) 1149-1152 4 Bernard de Trémelay
Franco Condado 1152-16 agosto 1153 5 André de Montbard Borgoña
1153-17 enero 1156 6 Beltrán de Blanchefort Berry 1156-2 enero
1169 7 Felipe de Naplusia Tierra Santa 1169-1171 8 Eudes de
Saint-Amand Provenza 1171-8 octubre 1179 9 Arnaldo de Torroja
Aragón 1180-30 septiembre 1184 10 Gerardo de Ridefort Flandes
1185-4 octubre 1189 11 Robert de Sablé Maine 1191-28 septiembre
1193 12 Gilberto Erail Aragón 1194-21 diciembre 1200 13
Felipe de Plessis Anjou 1201-12 febrero 1209 14 Guillaume de
Chartres Chartres 1210-25 agosto 1219 15 Pedro de Montaigú
Aragón 1219-28 enero 1232 16 Armand de Périgord Périgord 1232-17
octubre 1244 17 Ricardo de Bures Tierra Santa 1244/45-9 mayo
1247 18 Guillaume de Sonnac Rouergue 1247-11 febrero 1250 19
Rinald de Vichiers Champaña 1250-20 enero 1256 20 Tomás Berard
Inglaterra 1256-25 mayo 1273 21 Guillaume de Beaujeu Beaujolais
1273-18 mayo 1291 22 Teobaldo Gaudin Chartres-Blois 1291-16
abril 1293 23 Jacques de Molay Franco Condado 1294-18 marzo 1314
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La regla primitiva de los Templarios |
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Prólogo a la regla del Temple
1. Nos dirigimos, en primer lugar a todos aquellos quienes con
discernimiento rechazan su propia voluntad y desean de todo corazón,
servir a su rey soberano como caballero; llevar con supremo afán, y
permanentemente, la muy noble armadura de la obediencia. Y por
tanto, nosotros os invitamos, a seguir a los escogidos por Dios de
entre la masa de perdición y a quienes ha dispuesto, en virtud de su
sutil misericordia, defender la Santa Iglesia, y que vosotros
anheláis abrazar por siempre.
2. Por sobre todas las cosas, quienquiera que ser un caballero de
Cristo, escogiendo estas sagradas ordenes en su profesión de fe,
debe unir sencilla diligencia y firme perseverancia, que es tan
valiosa y sagrada, y se revela tan noble, que si se mantiene
impoluta para siempre, merecerá acompañar a los mártires que dieron
sus almas por Cristo Jesús. En esta orden religiosa ha florecido y
se revitaliza la orden caballeresca.
La caballería, a pesar
del amor por la justicia que constituye sus deberes, no cumplió con
sus con ellos, defendiendo a los pobres, viudas, huérfanos e
iglesias, sino que se aprestaron a destruir, despojar y matar. Dios
que actúa conforme a nosotros y nuestro salvador Cristo Jesús; ha
enviado a sus partidarios desde la ciudad Santa de Jerusalén a los
acuartelamientos de Francia y Borgoña, para nuestra salvación y
muestra de la verdadera fe, pues no cesan de ofrecer sus vidas por
Dios, en piadoso sacrificio.
3. Ante ello nosotros, en completo gozo y hermandad, por
requerimiento del Maestro Hugues de Payen, por quien la mencionada
orden caballeresca ha sido fundada con la gracia del Espíritu Santo,
nos reunimos en Troyes, de entre varias provincias más allá de las
montañas, en la fiesta de San Hilario, en el año de la encarnación
de Cristo Jesús de 1128, en el noveno año tras la fundación de la
anteriormente mencionada orden caballeresca. De la conducta e
inicios de la Orden de Caballería hemos escuchado en capítulo común
de labios del anteriormente citado Maestro, Hermano Hugues de Payen;
y de acuerdo con las limitaciones de nuestro entendimiento, lo que
nos pareció correcto y beneficioso alabamos, y lo que nos pareció
erróneo rechazamos.
4. Y todo lo que aconteció en aquel Consejo no puede ser contado
ni recontado; y para que no sea tomado a la ligera por nosotros,
sino considerado con sabia prudencia, lo dejamos a discreción de
ambos nuestro honorable padre el Señor Honorio y del noble Patriarca
de Jerusalén, Esteban, quien conoce los problemas del Este y de los
Pobres Caballeros de Cristo; por consejo del concilio común lo
aprobamos unánimemente. Aunque un gran número de padres religiosos
reunidos en capítulo aprobó la veracidad de nuestras palabras, sin
embargo no debemos silenciar los verdaderos pronunciamientos y
juicios que emitieron.
5. Por tanto yo, Jean Michel, a quien se ha encomendado y
confiado tan divino oficio, por la gracia de Dios, he servido de
humilde escriba del presente documento por orden del consejo y del
venerable padre Bernardo, abad de Clairvaux.
Los nombres de los Padres que asistieron al Concilio.
6. Primero fue Mateo, obispo de Albano, por la gracia de Dios,
legado de la santa Iglesia de Roma; R[enaud], arzobispo de Reims;
H[enri], arzobispo de Sens; y sus clérigos: G[ocelin], obispo de
Soissons; el obispo de París; el obispo de Troyes; el obispo de
Orlèans; el obispo de Auxerre; el obispo de Meaux; el obispo de
Chalons; el obispo de Laon; el obispo de Beauvais; el abad de
Vèzelay, quien posteriormente fue arzobispo de Lyon y legado de la
Iglesia de Roma; el abad de Cîteaux; el abad de Pontigny; el abad de
Trois-Fontaines; el abad de St Denis de Reims; el abad de St-Etienne
de Dijon; el abad de Molesmes; al anteriormente mencionado
B[ernard], abad de Clairvaux: cuyas palabras el anteriormente citado
alabó francamente. También estuvieron presentes el maestro Aubri de
Reims; maestro Fulcher y varios otros que sería tedioso mencionar. Y
de los otros que no se han mencionado, es importante asentar, en
este asunto, de que son amantes de la verdad: ellos son, el conde
Theobald; el conde de Nevers; Andrè de Baudemant. Estuvieron en el
concilio y actuaron de tal proceder, con perfecto y cuidadoso
estudio seleccionando lo correcto y desechando lo que no les parecía
justo.
7. Y también presente estaba el
Hermano Hugues de Payen, Maestre de Caballería, con algunos de los
hermanos que le acompañaron. Estos eran Hermano Roland, Hermano
Godefroy, y Hermano Geoffroi Bisot, Hermano Payen de Montdidier,
Hermano Archambaut de Saint-Amand. El propio Maestre Hugues con sus
seguidores antedichos, expusieron las costumbres y observancias de
sus humildes comienzos y uno de ellos dijo: Ego principium qui et
loquor vobis, que significa: "Yo quien habla a vosotros soy el
principio" según mi personal recuerdo.
8. Agradó al concilio común que las deliberaciones se hicieran
allí, y el estudio de las Sagradas Escrituras, que se examinaron
profundamente, con la sabiduría de mi señor H[onorius], papa de la
Santa Iglesia de Roma y del patriarca de Jerusalén y en conformidad
con el capítulo. Juntos, y de acuerdo con los Pobres Caballeros de
Cristo del Templo que está en Jerusalén, se debe poner por escrito y
no olvidado, celosamente guardado de tal forma, que para una vida de
observancia se puedan referir a su creador; comparación más dulce
que la miel en paridad con Dios; cuya piedad parece óleo, y nos
permite ir hacia Él a quien deseamos servir. Per infinita seculorum
secula. Amen
Aquí comienza la Regla de los Pobres caballeros del Temple.
9. Vosotros los que renunciáis a vuestra voluntad, y vosotros
otros los que servís a un rey soberano con caballos y armas, para
salvación de vuestras almas y por tiempo establecido, acudiréis con
deseo virtuoso a oír matines y el servicio completo, según la ley
canónica y las costumbres de los maestros de la Ciudad Santa de
Jerusalén. Oh vosotros venerables hermanos, que Dios sea con
vosotros, si prometéis despreciar el mundo por perpetuo amor a Dios,
desterrar las tentaciones de vuestro cuerpo; sostenido por el
alimento de Dios, beber y ser instruido en los mandamientos de
Nuestro Señor; al final del oficio divino, ninguno debe temer entrar
en batalla si por ende lleva tonsura.
10. Pero si cualquier hermano es enviado por el trabajo de la
casa y por la Cristiandad al Este - algo que creemos ocurrirá
frecuentemente- y no puede oír el divino oficio, deberá decir en
lugar de matines trece padrenuestros; siete por cada hora y nueve
por vísperas. Y todos juntos le ordenamos que así lo haga. Pero
aquellos que han sido enviados y no puedan volver para asistir al
divino oficio, si les es posible a las horas establecidas, que no
deberán ser omitidas, rendir a Dios su homenaje.
La Forma en que deben ser recibidos los Hermanos.
11. Si cualquier caballero seglar o cualquier otro hombre, desea
dejar la masa de perdición y abandonar la vida secular escogiendo la
vuestra en comunidad, no consintais en recibirlo inmediatamente,
porque según ha dicho mi Señor San Pablo: Probate spiritus si ex Deo
sunt. Que quiere decir: "Prueba el alma a ver si viene de Dios" Sin
embargo, si la compañía de sus hermanos le debe ser concedida, dejad
que le sea leída la Regla, y si desea explícitamente obedecer los
mandamientos de la Regla, y complace tanto al Maestre como a los
hermanos el recibirle, dejadle revelar su deseo ante todos los
hermanos reunidos en capítulo y hacer su solicitud con corazón
digno.
Sobre Caballeros excomulgados.
12.Donde sepáis que se concentran caballeros excomulgados, allí
os obligamos a ir; y si alguien desea unirse a la orden de
caballería proveniente de regiones lejanas, no deberéis considerar
tanto el valor terrenal como el de la eterna salvación de su alma.
Nosotros ordenamos que sea recibido condicionalmente, que se
presente ante el obispo de la provincia y le comunique su intención.
Y, cuando el obispo lo haya escuchado y absuelto, lo enviará al
Maestre y hermanos del Temple, y si su vida es honesta y merecedora
de su compañía, si parece justo al Maestre y hermanos, dejad que sea
piadosamente recibido; y si muriera durante ese tiempo, por la
angustia y tormento que ha sufrido, dejad que se le otorguen todos
los favores de la hermandad, dados a cada uno de los Pobres
Caballeros del Temple.
13. Bajo ninguna otra circunstancia, deberá los hermanos del
Temple compartir la compañía de los indiscutiblemente excomulgados,
ni que se queden con sus pertenencias; y esto debe ser prohibido
encarecidamente porque sería terrible que fueran asimismo
repudiados. Pero si solo le ha sido prohibido escuchar el Divino
Oficio, es ciertamente posible permanecer en su compañía, así como
quedarse con sus pertenencias, entregándolas a la caridad con el
permiso de su comandante.
Sobre no aceptar niños.
14. Aunque la regla de los santos padres permite recibir a niños
en la vida religiosa, nosotros lo desaconsejamos. Porque aquel que
desee entregar a su hijo eternamente en la orden caballeresca deberá
educarlo hasta que sea capaz de llevar las armas con vigor, y
liberar la tierra de los enemigos de Cristo Jesús. Entonces que su
madre y padre lo lleven a la casa y que su petición sea conocida por
los hermanos; y es mucho mejor que no tome los votos cuando niño
sino al ser mayor, pues es conveniente que no se arrepienta de ello,
a que lo haga. Y seguidamente que sea puesto a prueba de acuerdo con
la sabiduría del Maestre y hermanos conforme a la honestidad de su
vida al solicitar ser admitido en la hermandad.
Sobre los que están de pie demasiado tiempo en la Capilla.
15. Se nos ha hecho saber, y lo hemos escuchado de testigos
presenciales, quede forma inmoderada y sin restricción alguna,
vosotros escucháis el divino oficio de pie. Nosotros no ordenamos
que os comportéis de esta forma, al contrario lo desaprobamos.
Disponemos, que tanto los fuertes como los débiles, para evitar
desordenes, canten el salmo llamado Venite, con la invitatoria y el
himno sentados, y digan sus oraciones en silencio, en voz baja no
voceando, para no perturbar las oraciones de los otros hermanos.
16. Pero al final de los salmos, cuando se canta el Gloria patri,
en reverencia a la Santísima Trinidad, os pondréis de pie y os
inclinareis ante el altar, mientras los débiles o enfermos solo
inclinarán la cabeza. Por tanto mandamos; que cuando la explicación
de los Evangelios sea leída, y se cante el Te deum laudamus, y
mientras se cantan los laudes, y los maitines terminan, vosotros
estéis de pie. De esta misma forma dictaminamos que permanezcáis de
pie durante maitines y en todas las horas de Nuestra Señora.
Sobre la vestimenta de los Hermanos.
17. Disponemos que todos los hábitos de los hermanos sean de un
solo color, bien sea blanco, negro o marrón. Y sugerimos que tanto
en invierno como en verano si es posible, lleven capas blancas; y a
nadie que no pertenezca la mencionada caballería de Cristo le será
permitido tener una capa blanca, para que quienes hayan abandonado
la vida en oscuridad se reconozcan los unos a los otros como seres
reconciliados con su creador por el signo de sus hábitos blancos:
que significa pureza y completa castidad. La Castidad es certeza en
el corazón y salud en el cuerpo. Por lo que si un hermano no toma
votos de castidad no puede acceder al eterno descanso ni ver a Dios,
por la promesa del apóstol que dijo: Pacem sectamini cum omnibus et
castimoniam sine qua nemo Deum videbit. Que significa: "Lucha para
llevar la paz a todos, manténte casto, sin lo cual nadie puede ver a
Dios".
18. Pero estas vestiduras deberán
mantenerse sin riquezas y sin ningún símbolo de orgullo. Y así,
nosotros exigimos que ningún hermano lleve piel en sus vestidos, ni
cualquier otra cosa que no pertenezca al uso del cuerpo, ni tan
siquiera una manta que no sea de lana o cordero. Concertamos en que
todos tengan lo mismo, de tal forma que puedan vestirse y
desvestirse, y poner y quitarse las botas con facilidad. Y el
sastre, o quien haga sus funciones, deberá mostrarse minucioso y
cuidar que se mantenga la aprobación de Dios en todas las cosas
mencionadas, para que los ojos de los envidiosos y mal intencionados
no puedan observar que las vestiduras sean demasiado largas o
cortas; deberá distribuirlas de tal manera que sean de la medida de
quien las ha de llevar, según la corpulencia de cada uno.
19. Y si alguno por orgullo o arrogancia desea tener para él un
mejor y más fino hábito, dadle el peor. Y aquellos que reciban
vestiduras nuevas deberán inmediatamente devolver las viejas, para
que sean entregadas a escuderos y sargentos, y a menudo a los
pobres, según lo que considere conveniente el encargado de ese
menester.
Sobre las Camisas.
20. Entre otros asuntos sobre los que regulamos, debido al
intenso calor existente en el Este, desde Pascua hasta todos los
Santos, gracias a la compasión y de ninguna forma como derecho, una
camisa de lino será entregada al hermano que así lo solicite.
Sobre la Ropa de Cama.
21. Ordenamos por unánimemente que cada hombre tenga la ropa y
sábanas de acuerdo con el juicio de su Maestre. Es nuestro propósito
que un colchón, un almohadón y una manta son suficientes para cada
uno; y aquél a quien le falte uno de éstos puede usar una alfombra,
y una manta de lino siempre que sea de pelo fino. Y dormirán siempre
vestidos con camisa y pantalón, y zapatos y cinturones, y donde
reposen deberá haber siempre una luz encendida hasta la mañana. Y el
Sastre se asegurará que los hermanos estén tan bien tonsurados que
puedan ser examinados tanto de frente como de espaldas; y nosotros
ordenamos que vosotros os adhiráis a esta misma conducta en lo
tocante a barbas y bigotes, para que ningún exceso se muestre en sus
cuerpos.
Sobre Zapatos puntiagudos y Cordones de lazo.
22. Prohibimos los zapatos puntiagudos y los cordones de lazo y
condenamos que un hermano los use; ni los permitimos a quienes
sirvan en la casa por tiempo determinado; más bien, prohibimos que
los utilicen en cualquier circunstancia. Porque es manifiesto y bien
sabido que estas cosas abominables pertenecen a los paganos. Tampoco
deberán llevar ni el pelo ni el hábito demasiado largos. Porque
aquellos que sirven al soberano creador deben surgir de la necesidad
dentro y fuera mediante la promesa de Dios mismo quien dijo: Estote
mundi quia ego mundus sum. Que quiere decir: "Nace como yo
nazco"
Cómo deben comer.
23. En el palacio, o lo que debería llamarse refectorio, deberéis
comer juntos. Pero si estáis necesitados de algo, pues no estáis
acostumbrados a los utilizados por los religiosos, quedamente y en
privado deberéis pedir lo que necesitéis en la mesa, con toda
humildad y sumisión. Porque el Apóstol dijo: Manduca panem tuum cum
silentio. Que significa: "Come tu pan en silencio". Y el salmista:
Posui ori meo custodiam. Que quiere decir: "Yo reprimí mi lengua"
Que significa que "Yo creo que mi lengua me traicionaría" lo que es,
"Callé para no hablar mal".
Sobre la Lectura de la Lección.
24. Siempre, durante la comida y cena en el convento, que se lean
las Sagradas Escrituras, si ello es posible. Si amamos a Dios, sus
Santas palabras y sus Santos Mandamientos, desearemos escuchar
atentamente; y el lector da texto os reclamará silencio antes de
comenzar a leer.
Sobre Pucheros y Vasos.
25. Debido a la escasez de pucheros, los hermanos comerán por
parejas, de tal forma que uno pueda observar más de cerca al otro, y
para que ni la austeridad ni la abstinencia en secreto sean
introducidas, en la comida de comunidad. Y nos parece justo que cada
hermano tenga la misma ración de vino en su copa.
Sobre comer Carne.
26. Deberá ser suficiente, comer carne tres veces por semana,
excepto por Navidad, Todos los Santos, la Asunción y la festividad
de los doce apóstoles. Porque se entiende que la costumbre de comer
carne corrompe el cuerpo. Pero si un ayuno en el que se debe
suprimir la carne cae en Martes, al día siguiente será dada en
cantidad a los hermanos. Y los Domingos todos los hermanos del
Temple, los capellanes y clérigos recibirán dos ágapes de carne en
honor a la santa resurrección de Cristo Jesús. Y el resto de la
casa, que incluye los escuderos y sargentos, deberán contentarse con
una comida y estar agradecidos al Señor por ella.
Sobre las comidas entre Semana.
27. Sobre los otros días de la semana, que son Lunes, Miércoles e
incluso Sábados, los hermanos tengan dos o tres comidas de vegetales
u otros platos comidos con pan; y nosotros creemos que es suficiente
y ordenamos que así sea. De tal manera que aquel que no coma en una
comida, lo haga en la otra.
Sobre la comida del Viernes.
28. Los Viernes, que se ofrezca a toda la congregación, comida
cuaresmal, surgida de la reverencia hacia la pasión de Cristo Jesús;
y haréis abstinencia desde la festividad de Todos los Santos hasta
la Pascua, excepto el día de Navidad, la Asunción y la festividad de
los doce apóstoles. Pero los hermanos débiles o enfermos no deberán
ser obligados a esto. Desde Pascua hasta la fiesta de Todos los
Santos pueden comer dos veces, mientras no sea abstinencia
general.
Sobre Dar las Gracias.
29. Siempre, después de cada comida o cena todos los hermanos
deberán dar gracias a Dios en la iglesia y en silencio si ésta se
encuentra del lugar dónde comen, y si no lo está en el mismo lugar
en donde hayan comido. Con humildad deberán dar gracias a Cristo
Jesús quien es el Señor que Provee. Dejad que los trozos de pan
roto, sean dados a los pobres y los que estén en rodajas enteras,
sean guardados. Aunque la recompensa de los pobres sea el reino de
los cielos, se ofrecerá a los pobres sin dudarlo, y la fe Cristiana
os reconocerá entre los suyos; por tanto concertamos, que una décima
parte del pan sea entregado a vuestro Limosnero.
Sobre la Merienda.
30. Cuando cae el sol y comienza la noche escuchad la señal de la
campana o la llamada a oración, según las costumbres del país, y
acudid todos a capítulo. Pero disponemos que primero merendéis; si
bien dejamos la toma de este refrigerio al arbitrio y discreción del
Maestre. Cuando queráis agua u ordenéis, por caridad, vino aguado,
que se os dé con comedimiento. Ciertamente, no deberá ser en exceso,
sino con moderación. Porque Salomón dijo: Quia vinum facit
apostatare sapientes. ÃÃ ÄÄ Que quiere decir que el vino corrompe a
los sabios.
Sobre mantenerse en Silencio.
31. Cuando los hermanos salgan del capítulo no deben hablar
abiertamente excepto en una emergencia. Dejad que cada uno vaya a su
cama tranquilo y en silencio, y si necesita hablar a su escudero, se
lo deberá decir en voz baja. Pero si por casualidad, a la salida del
capítulo, la caballeresca o la casa tiene un serio problema, que
debe ser solventado antes de la mañana, entendemos que el Maestre o
el grupo de hermanos mayores que gobiernan la Orden por el Maestre,
puedan hablar apropiadamente. Y por esta razón obligamos que sea
hecho de esta manera.
32. Porque está escrito: In multiloquio non effugies
peccatum. Que quiere decir que el hablar en demasía no está libre de
pecado. Y en algún otro lugar: Mors et vita in manibus lingue. Que
significa: 'La vida y la muerte están bajo el poder de la lengua.' Y
durante esa conversación nosotros conjuntamente prohibimos palabras
vanas y estruendosos ataques de risa. Y si algo se dice, durante esa
conversación, que no debería haberse dicho, ordenamos que al
acostaros recéis un paternoster con notable humildad y sincera
devoción.
Sobre los Hermanos Convalecientes.
33. Los hermanos que por el trabajo de la casa padezcan
enfermedad pueden levantarse a la matinas con el consentimiento y
permiso del Maestre o de aquellos que se encarguen de ese menester.
Deberán decir en lugar de las matinas trece paternosters, así queda
establecido, de tal forma y manera que sus palabras reflejen su
corazón. Así lo dijo David: Psallite sapienter. Que significa:
'Canta con sabiduría.' E igualmente dijo David: In conspectu
Angelorum psallam tibi. Que significa: 'Yo cantaré para ti ante los
ángeles.' Y dejad que esto sea siempre así y a la discreción del
Maestre o de aquellos encargados de tal menester.
Sobre la Vida en Comunidad.
34. Leemos en las Sagradas Escrituras: Dividebatur singulis prout
cuique opus erat. Que significa que a cada uno le será dado según su
necesidad. Por esta razón nosotros decimos que ninguno estará por
encima de vosotros, sino que todos cuidareis de los enfermos; y
aquél que esté menos enfermo dará gracias a Dios y no se preocupará;
y permitiréis que aquel que esté peor se humille mediante su
debilidad y no se enorgullezca por la piedad. De este modo todos los
miembros vivirán en paz. Y prohibimos a todos que abracen la
excesiva abstinencia; si no que firmemente mantengan la vida en
comunidad.
Sobre el Maestre.
35. El Maestre puede a quien le
plazca entregar el caballo y la armadura y lo que desee de otro
hermano, Y el hermano cuya cosa pertenecía no se sentirá vejado ni
enfadado: porque es cierto que si se enfada irá contra Dios.
Sobre dar Consejos.
36. Permitir solo a aquellos hermanos que el Maestre reconoce que
darán sabios y buenos consejos sean llamados a reunión; y así lo
ordenamos, y que de ninguna otra forma alguien pueda ser escogido.
Porque cuando ocurra que se desee tratar de materias serias; como la
entrega de tierra comunal, o hablar de los asuntos de la casa, o
recibir a un hermano, entonces si el Maestre lo desea, es apropiado
reunir la congregación entera para escuchar el consejo de todo el
capítulo; y lo que considere el Maestre mejor y más beneficioso,
dejar que así se haga.
Sobre los Hermanos enviados a Ultramar.
37. Los Hermanos que sean enviados a diversos países del mundo
deberán cuidar los mandatos de la Regla según su habilidad y vivir
sin desaprobación respecto a la carne y el vino, etc. para que
reciban elogio de extraños y no mancillar por hecho o palabra los
preceptos de la Orden, y para ser un ejemplo de buenas obras y
sabiduría; por encima de todo, para que aquellos con quienes se
asocien y en cuyas posadas reposen, sean recibidos con honor. Y a
ser posible, la casa donde duerman y se hospeden que no quede sin
luz por la noche, para que los tenebrosos enemigos no los conduzcan
a la maldad, dado que Dios así lo prohibe.
Sobre Mantener la Paz.
38. Cada hermano debe asegurarse de no incitar u otro a la ira o
enojo, porque la soberana piedad de Dios ve al hermano fuerte igual
que al débil, en nombre de la Caridad.
Cómo deben actuar los Hermanos.
39. A efecto de llevar a cabo sus santos deberes, merecer la
Gloria del Señor y escapar del temible fuego del infierno, es acorde que
todos los hermanos profesos obedezcan estrictamente a su Maestre.
Porque nada es más agradable a Cristo Jesús que la obediencia. Por
esta razón, tan pronto algo sea ordenado por el Maestre o en quien
haya delegado su autoridad, deberá ser obedecido sin dilación como
si Cristo lo hubiese impuesto. Por ello Cristo Jesús por boca de
David dijo y es cierto: Ob auditu auris obedivit mihi. Que quiere
decir: 'Me obedeció tan pronto me escuchó".
40. Por esta razón rezamos y firmemente dictaminamos a los
hermanos caballeros que han abandonado su ambición personal y a
todos aquellos que sirven por un período determinado a no salir por
pueblos o ciudades sin el permiso del Maestre o de quien él haya
delegado; excepto por la noche al Sepulcro y otros lugares de
oración dentro de los muros de la ciudad de Jerusalén.
41. Allí, irán los hermanos por parejas, de otra forma no podrán
salir ni de día ni de noche; y cuando se detienen en una posada,
ningún hermano, escudero o sargento puede acudir a los aposentos de
otro para verlo o hablar con él sin permiso, tal y como se ha dicho.
Ordenamos por unánime consentimiento que en esta Orden regida por
Dios, ningún hermano deberá luchar o descansar según su voluntad,
sino siguiendo las ordenes del Maestre, a quien todos deben
someterse, para que sigan las indicaciones de Cristo Jesús que dijo:
Non veni facere voluntatem meam, sed ejus que misit me, patris. Que
significa: 'Yo no vine a hacer mi propia voluntad, sino la voluntad
de mi padre quien me envió.'
Cómo deben Poseer e Intercambiar.
42. Sin el permiso del Maestre o quien en su lugar ostente el
cargo, que ningún hermano intercambie cosa alguna con otro, ni así
lo pida, a menos que sea de escaso o nulo valor.
Sobre Cerrojos.
43. Sin pe | |